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Borcel, aquella promesa de 2m15: “Nunca me hice cargo de lo que decía el ambiente”

Miércoles, 03 de Febrero de 2021 / Publicado en Entrevistas, Especiales, La entrevista de la semana, Selección Mayor
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La historia del pivote que ilusionó con su talla: Ferro, la Selección, su paso por USA, el retiro abrupto por falla cardíaca y hasta una salida con Petrovic. Cómo su experiencia en el básquet lo ayuda hoy.

“Todo esto lo viví en carne propia, pero a la vez está tan alejado de la actualidad que a veces pienso que estoy hablando de una película y no de mi vida”.
Con esas palabras abre la conversación Fernando Borcel, quien a sus 53 años lleva una vida común, con las preocupaciones y responsabilidades de un trabajador cualquiera. Pero hace poco más de tres décadas, Palito -como lo conocían por su delgada figura: 93 kilos en los 80- era una de las más grandes promesas del básquet nacional. Antes de detectar en su cuerpo una anomalía que afecta a 1 de cada 5.000 personas, se encontraba jugando en el básquet universitario norteamericano, y en sus imponentes 2m15 se vislumbraban las condiciones físicas y el talento necesario para convertirse posiblemente en el primer argentino en ser NBA.

En comunicación con Prensa CABB, el ex Selección relata parte de su breve pero ilusionante carrera deportiva. A la vez, se permite transmitir una serie de profundos mensajes que invita automáticamente a la reflexión. Fernando habla con la sabiduría de quien ha vivido más de una vida. Y es que en tan sólo en un abrir y cerrar de ojos, pasó de compartir una noche de copas con Drazen Petrovic o recibir asistencias de Gary Payton, a enfocarse de lleno en sus estudios, recibirse en Ciencias de la Computación y retornar a la Argentina para insertarse en el mundo laboral de nuestra sociedad.

-¿Cómo recordás tus primeros pasos como profesional justo en aquella gloriosa época de Ferro en el básquet nacional?
-Empecé a jugar en Primera entre mis 15 y 16 años, era muy chico. Viajábamos en micro por todo el país, algo totalmente novedoso porque hasta ese momento el lugar más lejano en el que había jugado era San Antonio de Padua. Pero con la Liga Nacional se levantaron las fronteras y fue muy loco compartir todos esos viajes, la competición y el aprendizaje con gente como Miguel Cortijo, Luis González, Luis Oroño, Diego Maggi, Javier Maretto y una lista interminable de figuras. Para mí era como tocar el cielo con las manos.

-Con tus 2m15 tenías una ventaja física importante. Aún así, ¿hubo pivotes que te hayan puesto las cosas difíciles?
-De la competencia local no recuerdo tanto. Lo que sí recuerdo bien es que cuando llegué a Ferro, mi fuerte era más defensivo que ofensivo, y lo primero que hicieron fue mandarme con la Primera. En esa época estaba un estadounidense llamado Harthorne Wingo y al jugar contra un ex NBA (NdeR: jugó cuatro temporadas para los New York Knicks) yo era una máquina de aprender. Si bien todos los juegos eran un desafío, mi sensación era que mi límite lo marcaba yo mismo, que dependía de mí el poder crecer o mejorar.

-¿Cómo viviste esa temprana experiencia del Sudamericano 85 y Mundial 86 con la Selección? Ese equipo generó expectativas muy altas...
-Fue algo muy enriquecedor. Estaba muy claro que yo no iba tener muchos minutos y así se dio. La gira para el Sudamericano de Medellín, a mis 17 años, fue una experiencia tremenda. Para el Mundial yo había estado entre los preseleccionados, pero me bajé por mis estudios en Estados Unidos. Desgraciadamente, Luis González tuvo una lesión y me llamaron para reemplazarlo. Fue una mezcla de mucho aprendizaje, de pasarla muy bien, de formar amistades con mis compañeros e incluso con jugadores de otras selecciones. Durante el Mundial, por caso, tuve la oportunidad de salir a tomar algo con Drazen Petrovic. Codearme con esos monstruos fue increíble.

-En aquel entonces se decía que con vos y el Gigante González teníamos pivotes para rato en la Selección. ¿Cómo conviviste con esa presión?
-Para mí nunca fue una presión. En realidad me la imponía yo mismo, porque de chico era súper competitivo, no me gustaba perder a nada. Sumado a eso, me daba cuenta de mis limitaciones y de que me faltaba trabajar y aprender mucho, y eso me generaba una gran frustración. Por suerte, esa frustración me empujaba y servía de motor. Tuve la chance de compartir con grandes jugadores y de tener grandes maestros. Con su ayuda iba puliendo los detalles para mi juego. Pero nunca me hice cargo de lo que se decía en el ambiente.

-¿Cómo era la relación con Jorge González? No sólo eran los más altos de aquel plantel argentino, sino también los más pibes...
-Sí, éramos los más chicos, Jorge me llevaba un año. Recuerdo cuando me lo crucé: yo ya medía casi 2m15 en juveniles, pero cuando vi esa figura gigantesca, pensé: ‘No puede ser, este tipo es un extraterrestre’. La primera vez que me tocó enfrentarlo -yo jugando para Ferro y él en Gimnasia- vino mucha gente a vernos porque, por nuestro tamaño, generábamos curiosidad. En un momento, peleamos por el rebote, yo tomo la pelota y Jorge baja los brazos sin ninguna mala intención, pero uno de ellos bajó sobre mi cabeza, y quedé como un felpudo… (se ríe). También nos pasó algo muy gracioso en La Habana (Cuba), donde habíamos ido a jugar un amistoso previo al Sudamericano. Salimos del hotel y nos fuimos a caminar juntos por la ciudad. Todos los que nos veían se volvían locos. De repente, paró un colectivo al lado nuestro y bajaron 40 personas. Comenzaron a caminar detrás de nosotros, haciéndonos preguntas y pidiéndonos autógrafos. Parecía una escena de la película Forrest Gump.

-¿Podrías decirnos tu quinteto ideal de jugadores argentinos con los que hayas jugado?
-Miguel Cortijo, un fuera de serie con el que si no estabas atento recibías un pelotazo en la cara en cualquier momento. Pichi Campana, indefendible, tenía el estilo de Ginóbili. De alero me quedo con Gurí Perazzo. Y como internos, Sebastián Uranga y Diego Maggi.

-Te fuiste a Estados Unidos a terminar el secundario, pero la recordás como una etapa complicada de tu vida. ¿Por qué?
-Primero porque tenía un conocimiento de inglés nulo. Recibí una beca deportiva de la Oak Hill Academy, donde luego jugaron tipos del calibre de Carmelo Anthony o Kevin Durant. Pero la escuela, que era como un internado, estaba literalmente en el medio de la nada, sobre una sierra en el estado de Virginia. A los meses pude comunicarme bien, pero nunca llegué a sentirme apreciado. Me costó adaptarme incluso al equipo, por un tema de racismo. Todo el plantel era afroamericano, yo era latino, y el técnico me hacía jugar pocos minutos. Una vez fuimos contra el equipo N° 1 del ranking, yo jugué con una fiebre muy alta y aún así volví loco a su mejor jugador. Ganamos el juego y cuando el entrenador vino a felicitarme, lo mandé al diablo. Lógicamente, eso no ayudó a aumentar mi participación… (Se ríe). Hasta me plantee volver, pero mi viejo me convenció de llegar hasta el final. Luego, con el paso a Oregon la historia fue muy diferente: el campus era fantástico y, si bien casi no jugué, pude consolidar una buena relación con la gente del lugar y mis compañeros.

-¿Cómo descubrieron tu problema en el corazón?
-En medio de la pretemporada en Oregon nos hicieron un examen físico. El médico observó un pequeño soplo, lo cual no es algo anormal en un deportista de alto rendimiento. Pero hacía poco que una jugadora de vóley (Flo Hyman) había sufrido una muerte súbita en medio de un partido y en la autopsia descubrieron que tenía el síndrome de Marfan, un trastorno que afecta el tejido conjuntivo (las fibras que sostienen los órganos del cuerpo). La enfermedad no es demasiado común, pero esta situación la había puesto en foco, por lo que me enviaron al Hospital de Portland para una revisión completa. La conclusión fue que yo también tenía este síndrome, con una pequeña dilatación de la aorta. Vi a los mejores especialistas y la recomendación final fue que no practicara deportes de contacto de alta competencia, e incluso que me controle periódicamente porque probablemente debería operarme alrededor de mis 40 años. Así fue, tres semanas antes de cumplir mis 40 debieron reemplazar mi válvula aórtica, y esto me lo dijeron 20 años antes.

-¿Qué pensaste en ese momento? Supongo que nadie está preparado para retirarse a los 19 años.
-Te soy sincero. En el momento me destrozó, lloré un día entero. Pero al día siguiente me dije que había que seguir. Algo que siempre tuve muy claro desde chico era que quería ser deportista profesional, que tenía el sueño de jugar en la NBA y que iba a retirarme joven, sin importar cuán exitosa fuera mi carrera. Porque aún siendo Manu Ginóbili -quien dejó de jugar a los 41 años- te retirás joven. Un deportista se retira a la edad en la que cualquier otro profesional se encuentra en su prime. Entonces, sabía que algún día iba a llegar la pregunta sobre qué hacer el resto de mi vida. En mi caso, simplemente me tocó retirarme mucho más temprano de lo que hubiera querido, pero siempre supe que necesitaría un plan B. Afortunadamente, la universidad decidió mantenerme la beca, la aproveché para seguir estudiando, y continuar una vida normal y totalmente feliz en relación a eso.

-¿Creés que habrías podido jugar en la NBA?
-No lo sé. Obviamente, era mi fantasía. Y era una época muy distinta, en la que los jugadores franquicia solían ser pivotes, lo cual aumentaba mis chances. Aunque también en ese entonces no había muchos extranjeros. Lo que sí es seguro es que no se llega a ese nivel sólo por ser alto, gracioso o simpático. Para llegar allí debés tener una mezcla de físico, talento, espíritu de sacrificio y otras cualidades. Yo jugaba en un equipo muy competitivo, tenía compañeros como Gary Payton y Piculín Ortiz. Esos 4 años que tenía para explotar y adquirir lo necesario para estar a la altura, nunca sucedieron. Es muy difícil predecir lo que habría pasado.

-¿A qué te dedicás en la actualidad?
-Volví en 1997 y el país era un lío, pero nunca me arrepentí, estoy muy feliz con las decisiones, incluso con aquellas que me han hecho pasarla mal. En cierto punto aprendí que cada vez que perdés, algo también ganás. Ahí empecé como programador. Después comencé a trabajar para empresas más grandes, ya liderando equipos. Y ahora estoy en una empresa de software bastante grande como responsable de la atención al cliente y post-venta.

-Podríamos decir que así como algunos ex basquetbolistas son entrenadores en un club, vos dirigís tu propio equipo de profesionales…
-Exactamente (Se ríe). La diferencia es que acá no tenés que ganarle a nadie, pero sí comparto y trato de enseñar muchas cosas que aprendí en mi tiempo como deportista. Recuerdo que, luego de un entrenamiento, León Najnudel me hizo entrenar cientos de ganchos. Mientras los hacía, me indicaba: ‘¡Levantá más el brazo!’, ‘¡La rodilla más así!’, ‘¡Da pasos más largos!’, ‘¡Salta más!’. Al terminar, me dice: ‘Palito, ¿vos sabés cuál es la diferencia entre un buen jugador y uno muy bueno?’ ‘Pequeños detalles’. ¿Y sabés cuál es la diferencia entre un muy buen jugador y uno excelente? ‘Pequeños detalles’. Ese día entendí que no necesitás mil cosas para sobresalir, sino laburar los detalles. Y eso es una enseñanza que uno puede trasladar a cualquier actividad.

-¿Qué relación tenés hoy con el mundo del básquet? ¿Guardás algún resentimiento?
-Soy como cualquier aficionado ocasional. Mi ideal del básquet era el que jugaban los Spurs que terminaron campeones en 2014, con Manu, Tony, Tim y Kawhi. Me llenaba el alma ver jugar a ese equipo. Tengo un sobrino llamado ‘Emanuel’ que también tiene síndrome de Marfan, tiene 12 años y es un enloquecido del básquet. Así que mi mayor contacto es a través de él, que me cuenta y me pregunta todo. Y resentimientos no tengo. Todo lo que me pasó en la vida, tanto lo bueno como lo malo, es lo que me formó y me hizo ser el hombre que hoy soy. No reniego ni cambiaría nada. Aquella fue una época hermosa de mi vida, y recuerdo los momentos y personas con las que compartí con muchísimo cariño y afecto.

-¿Qué le dirías a un joven cuyo futuro deportivo se ve cortado por lesiones?
-Le diría que no conviene apostar todo a un solo número, porque nada es garantizado. Es necesario entender a la elite como un embudo: en las formativas tenés mucha gente de base, el siguiente filtro son las categorías semi-profesionales, pero los que realmente llegan son muy pocos. Esto no quiere decir que alguien que esté leyendo esta nota no pueda llegar a ser un NBA. La cuestión es que a veces la vida funciona como nos gustaría. Y otras veces, incluso haciendo todo bien, termina decidiendo otra cosa. No todo está bajo nuestro control. Entonces, creo muy importante que los jóvenes se rodeen de gente que los cuide y que no sólo les entrene el físico, sino también la cabeza. Deben invitarlos a pensar que siempre puede ocurrir algo fortuito. La vida no es sólo básquet. Ni sólo estudios, familia o amigos, sino que se trata de encontrar un equilibrio. E incluso con una carrera exitosa y un montón de dinero, algún día ese camino se va a terminar y vas a volver a ser un individuo más. Por lo tanto, es muy valioso tener en claro qué es lo que querés seguir haciendo con tu vida.

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