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#TalentosDeLiga: Agustín Pérez Tapia y su ascenso hasta ser una revelación de la Liga

Martes, 20 de Abril de 2021 / Publicado en Entrevistas, Liga Nacional
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Tras recibir al deporte como herencia, su crecimiento fue sostenido y le permitió subir 3 categorías en el básquet argentino. Las anécdotas del base de 22 años y su gran presente en Argentino de Junín.

“Me tocó jugar profesionalmente desde muy chico. Ir avanzando de categoría en categoría fue lo mejor que pude hacer, porque cada año me dio algo diferente, un aprendizaje más. Y tuve que ir cambiando mi cuerpo, mi juego, de una u otra manera, porque cuando entrenás con jugadores mayores te das cuenta de que es otra cosa, y tenés que adaptarte”.

De la competencia local al Federal. Del Federal a la Selección y después a la Liga Argentina. En noviembre del año pasado cumplió el sueño de llegar a la Liga Nacional, donde no desentonó. Agustín Pérez Tapia fue una de las apuestas de Argentino de Junín para disputar una nueva temporada en la máxima categoría y cumplió con creces.

El base nació en Neuquén el 19 de marzo de 1999 y, días después de haber cumplido 22 años, es el protagonista de una nueva edición de #TalentosDeLiga. Pérez Tapia, quien ya vistió la camiseta albiceleste, es uno de los nombres rutilantes de la usina de talentos permanente que representa la Liga Nacional y que tarde o temprano alimentará a la Selección mayor que tiene argumentos para sostener su protagonismo internacional en el futuro.

Agustín, como varios de los que pasaron esta sección, llegó a la naranja por herencia: “Vine con la pelota desde la panza, y a los 3 años ya estaba en la cancha. Mi papá, Sebastián, jugó en Pacífico, y después se hizo técnico. Mi mamá, Andrea Santángelo, jugó toda su vida también, y hoy, con 48 años, sigue jugando en el club Alta Barda, donde la dirige mi viejo”. Su simpatía traspasa la pantalla desde la primera respuesta, .

- ¿Y eso como influye en la casa?

- Y… por ahí hay peleas, pero es así (se ríe). Ella sigue jugando, no sé cómo hace. Son muchos años, y tuvo cuatro hijos. Mis tres hermanas -todas más pequeñas- también juegan. La más chica (7) está empezando, pero las otras dos ya tienen su camino hecho. Hoy juegan en Biguá y disfruto mucho de verlas. Pero sí: siempre terminamos hablando de básquet, y por eso son entretenidas las cenas en su casa.

Pérez Tapia era el típico nene que se la pasaba picando la pelota al lado de la cancha mientras otros entrenanaban. Practicaba su mamá, estaba ahí picándola. Lo hacía su tío (Mauricio “Boty” Santángelo, otro de los responsables de la herencia) y el nene estaba ahí dribbleando y tirando.

“Ahora que lo pienso era muy pesado”, reconoce entre risas. Pero sin dudas aquellos recurdos de su infancia constituyeron la piedra basal de la pasión que tiene hoy en día por el deporte, en particular por el básquet porque, si bien disfruta de otras disciplinas, subraya que es muy malo para todas ellas.

Aunque sus primeras cinco prácticas fueron en el Club Atlético Neuquén, Agus puntualiza que empezó a jugar en Independiente, donde dirigían su padre y el “Boty”. Allí hizo todo el mini básquet, hasta que llegó la primera mudanza.

Plaza Huincul: el inicio del sueño a 100 km de Neuquén.

Cuando Agustín tenía 12, le llegó a su padre la oferta para ser asistente técnico del plantel de Pérfora de Plaza Huincul, equipo que iba a disputar su primera temporada en el Torneo Federal: “Él nos preguntó si queríamos ir y la verdad que no lo dudamos. Si bien no conocíamos, fuimos, eran 100 kilómetros, nos instalamos y seguimos la vida normal: con la escuela, con el básquet, y durante casi 10 años fue así”.

Esa ciudad marcó un antes y un después en su vida: “Desde que llegué siempre me interesó cómo entrenaba el equipo del Federal, y encima porque estaba mi viejo ahí, entonces siempre me quedaba a verlo. A esa edad era U13, iba a los partidos y los veía, y yo quería jugar. Por suerte, ya a los 14 a veces me llamaban para entrenar cuando faltaba uno, al principio, y cuando terminó ese año ya estaba entrenando más seguido con ellos”.

En ese momento, justo cuando Agustín empezaba a entrenar más seguido con el equipo Federal, sonó el teléfono del presidente del club con una noticia jamás esperada: la convocatoria para la Preselección Argentina.

“¿Dónde queda Plaza Huincul?”

Con 14 años, y durante un Argentino de Clubes recibió la primera convocatoria para ir al CeNARD a entrenar con la Preselección con vistas al Sudamericano que se disputaría en Venezuela.

Sin embargo, no todo fue color de rosas: “Al primer entrenamiento llegué tarde, porque era el viaje más largo que había. Neuquén-Buenos Aires, en colectivo, es un montonazo, aproximadamente un día, es un garrón. Cuestión que llego tarde, subo esas escaleras que tiene el CeNARD, entro por la puerta a la cancha y cuando entro veo que era todos enormes, gigantes. Y yo me preguntaba ‘¿qué hago acá?’ Ya estaban todos entrenando, la volcaban todos para atrás, a dos manos, y yo con suerte tocaba el aro”.

El impacto inicial fue por duplicado ya que en Neuquén no estaba acostumbrado a ver chicos de su edad de dos metros y monedas: “Eran todos gigantes de verdad. Pero ya estaba ahí y quería disfrutarlo. Después, entrenando, ya empecé a entrar en ritmo. Obvio que había jugadores que sobresalían, pero yo siempre me sentí bien, tanto en el físico, como en el juego. No sentí mucha diferencia”.

Eso fue tan sólo el principio. “Después de entrenar, que nos empezamos a conocer, todos me preguntaban de dónde era y dónde es Plaza Huincul. Nadie sabía dónde quedaba, porque los chicos eran todos jugadores de equipos de Liga, o de Liga de Desarrollo, y yo venía del Federal. Y yo les explicaba que era en Neuquén, y todos se sorprendían. Encima, yo no había ido a la primera convocatoria, porque no me conocían, no había tenido torneo Argentino y no me habían llamado”, admite.

Tantas aventuras finalmente trajeron sus frutos. El chico que venía de lejos terminó quedando entre los 12 que viajaron al Sudamericano de Venezuela: “Al representar al país no hay con qué darle. Estar en una preselección es una locura, y estar en una Selección ni te cuento. Tuve la suerte de conocer diferentes países gracias a eso, porque después fuimos a una gira antes del Premundial, al siguiente año. Fue por Serbia y Eslovenia. Era ir en un avión a Europa con 16 años, imagínate. Un avión enorme, todo enorme, todo otro mundo. La verdad que con esa edad, vivir eso fue una locura. Sin el básquet no hubiese ido nunca a Serbia, no se, digo yo, pero a los 16 años no creo”.

El inicio del camino rumbo al profesionalismo

El Agustín que se fue a Buenos Aires sin dudas no fue el mismo que volvió a Pérfora: “Entrené de otra forma, jugaba de otra forma. No estaba acostumbrado a ir al gimnasio todos los días, y en el CeNARD íbamos todos los días a levantar pesas. No estaba acostumbrado y se notaba. Por ese lado me motivó mucho”.

A tal punto que, después de dos temporadas en el Federal con muchos minutos y protagonismo, con tan sólo 17 años tomó la decisión de buscar nuevos rumbos y le llegó la posibilidad de jugar en la segunda categoría del básquet argentino con San Isidro de San Fransico, en Córdoba: “Ese año yo quería jugar otra cosa, quería ver si podía dar el salto de categoría y tratar de jugar ahí como lo estaba haciendo en el Federal, con buenos minutos. Quería salir de mi zona de confort, alejarme de mis papás, irme de mi club de toda la infancia, quería probar otros desafíos”.

“Me fui a 20 horas de viaje, a la ciudad más lejana. Estaba solo, más allá de los compañeros del equipo, lejos de todo. Me fui con las intenciones de disfrutarlo, porque si era lo que yo quería para mi futuro, lo tenía que hacer, sino, tendría que dedicarme a otra cosa. Pero las primeras dos semanas me quería ir, no quería estar ahí. No es que la pasaba mal, pero extrañaba. Estás un rato entrenando, te olvidás de todo, pero después volvés a tu casa y estás solo, entonces la cabeza no ayuda. Después te acostumbrás”, reconstruye el neuquino.

La vuelta a tierras conocidas

Después de una buena temporada en la que San Isidro terminó salvándose de pelear por mantener la categoría, Agustín decidió volverse a Neuquén. “Mi mamá no la estaba pasando bien, entonces preferí estar cerca por las dudas. No era grave, pero por si acaso, yo quería estar ahí”.

Pero claro, el básquet seguía siendo su pasión. “Empecé a ver y justo Centro Español estaba jugando la Liga Argentina, y por suerte se dio todo. Mi tío estaba dirigiendo ahí, y pudimos concretar todo para que yo pueda jugar con ellos. Estaba cerca de la familia, jugando la misma categoría que quería seguir jugando. También quería tener el mismo rol que hubiera tenido en Córdoba. Era casi lo mismo, pero más cerca, y todos lo entendieron”, reconoce.

“Nos fue bien, clasificamos a Playoffs, pasamos uno y el segundo lo perdimos ahí en el último partido con Viedma, que tenía un equipazo. Pero tenía un rol muy protagónico, estaba mejor físicamente, y mejor en ofensiva y en defensa. Había notado en mí que ya era mi segunda temporada, que estaba acostumbrado a jugar así. Empecé a tener muchos minutos, a ser titular en algunos partidos, y a jugar y a hacer lo que me gusta. En ningún momento me hicieron notar que tenía 19 años”, explica Pérez Tapia.

El sueño cumplido: la Liga Nacional

“Cuando veía la Liga por la tele, yo decía que algún día quería estar ahí, pero lo veía muy lejano, como un sueño. Después cuando empecé con el Federal se volvió más cercano, y ni que hablar cuando llegué a la Liga Argentina y me demostraba a mí mismo que podía seguir”, precisa Agustín.

Ya en su segundo año en Plottier, el propio jugador sentía que había realizado un gran progreso en poco tiempo. Así como cuando en Pérfora decidió dar el salto a la Liga Argentina, esta vez le ocurrió lo mismo en Español. Estaba para más, o al menos eso sentía. Y cuando un jugador piensa así, nada se puede interponer entre él y su futuro.

“‘Che, Argentino está interesado en vos..’ SÍ, les dije. Quería jugar la Liga, quería ver, quería probar. No lo dudé, necesitaba jugar, así que me vine a Argentino. Cuando nos permitieron entrenar nos fuimos para Junín. Tuvimos un mes de pretemporada, cortísima, pero a la vez durísima. Matías Huarte me dio la bienvenida, y me dijo que no iba a mostrarme, sino que él sabía cómo jugaba, así que tenía que disfrutar, que ahí todos iban a tirar para el mismo lado”, destaca el joven de 22 años.

Tanto Huarte como el cuerpo técnico del equipo Turco lo ayudaron muchísimo durante la temporada, depositando mucha confianza en él. En ese contexto, Pérez Tapia destacó la labor del PF, Mauro Ilacqua: “Me cambió mucho mi cuerpo y el tema de ir al gimnasio, me notaba más explosivo, más rápido, más vertical. Por todos lados creo que mejoré en ese salto a la Liga”.

"Al principio costó, pero después te vas adaptando a lo que es La Liga, aunque fue una temporada atípica, lógicamente. Fue muy desgastante, porque quieras o no, la forma en que se jugó influyó mucho, y no llegábamos a descansar. Pero había que adaptarse y jugar, porque éramos privilegiados de estar jugando. La disfruté totalmente”, destaca.

“Cuando jugué los primeros partidos, en la ida digamos, pensaba: ‘a estos los vi jugar en la tele el año pasado, y mañana lo tengo que defender', y quieras o no te corre algo adentro, que decís… ‘qué lindo’, y no quería desaprovecharlo".

- ¿Dónde ves a Agustín Pérez Tapia de acá a unos años?

- Quiero jugar más temporadas en la Liga Nacional y seguir avanzando y progresando, como lo vine haciendo estos años, que vengo bien en una categoría, y cuando esté listo diga, bueno, estoy para otro cambio. No sé, probar en otro país me encantaría, sería otro sueño a cumplir. Pero quiero seguir progresando, sin conformarme nunca con lo que hice.

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