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La historia de Gustavo, el hincha incondicional que vive en USA y lleva a la Selección en la piel

Domingo, 18 de Julio de 2021 / Publicado en Selección Mayor Masculina, Entrevistas, Especiales, Tokio 2021
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Emigró en 2007 y sufrió la distancia, pero se conectó con sus raíces argentinas mediante el deporte. Desde EEUU, Gustavo cuenta las locuras que hizo por pasión y varias anécdotas con su ídolo, Manu Ginóbili.

Gustavo Kuzner luce con orgullo su argentinidad en Los Ángeles hace ya 14 años. El tatuaje de la CAB en una pierna, la firma de Manu en un brazo, y un ‘Ginóbili 20’ con la bandera argentina en el otro. También en su piel luce la imagen del bahiense, junto al DT Popovich, a Tony Parker, Tim Duncan y David Robinson. Tiene cientos de camisetas argentinas: de Ginóbili, Scola, Nocioni, Prigioni, Oberto, y un sinfín de gorras de la Selección y de los equipos NBA en los que hubo argentinos. Además, varias firmas y fotos que obtuvo en esos encuentros soñados en los que no resistió su emoción por sentir a su patria nuevamente a su lado, encarnada en los deportistas que la representan.

Detrás de ese loco, que se ganó el apodo ‘Ginóbili’ entre sus amigos californianos, hay una rica historia de un pibe que se crió en Ramos Mejía y que emigró a Estados Unidos en busca de una mejor vida, tras perder a sus padres y con pocas posibilidades de progresar en su país. Sin embargo, no tuvo un camino fácil en la ciudad del glamour. Debió adaptarse a una nueva cultura y una lengua diferente, con escasas herramientas y oportunidades pero con muchas ganas de avanzar y prosperar.

Luego de encontrarse con la Selección en Las Vegas, durante la preparación olímpica para Tokio, Gustavo tuvo una distendida charla con Prensa CAB en la que relató su historia, sus vivencias en EEUU y todas las locuras que hizo por acompañar a los atletas argentinos en tierras norteamericanas. Apodado por Manu como ‘El loco California’, se presenta con orgullo como un embajador de nuestra bandera en suelo estadounidense.

-Contanos un poco de tu historia. ¿Cómo comenzó tu relación con el básquet?

-Yo soy de Ramos Mejía. En realidad nací en Ciudadela, soy de los pagos de Scola. Mi papá trabajo 35 años en Ferro, falleció cuando yo tenía 15. Estaba metido con lo que era la reserva de fútbol y el básquet, después en la primera estuvo también. Yo tuve la gran oportunidad de jugar en Ferro porque mi papá me metió. Jugué un año y medio y me fui porque quería jugar en Boca, por fanatismo, y tuve la oportunidad de hacerlo por seis meses, cuando la Bombonerita todavía no existía. A los 16 me rompí la rodilla izquierda, estuve parado como un año y ya ningún equipo importante se interesó en mí. Seguí en Almirante Brown, Ciudadela Norte y en Bomberitos que es de donde salí. Ahí había empezado a jugar con seis años. Al día de hoy sigo jugando al básquet acá. Cuando hay una liga de veteranos o algo me anoto y juego. El cuerpo es diferente a los 43, pero el amor por el básquet nunca lo voy a perder. Si no me voy a un parque y me pongo a jugar. Acá vas caminando y tenés canchas en todos lados. Es como en Argentina con las canchas de fútbol. A tres cuadras de casa tengo una canchita gratis, que entras, jugás y te vas cuando querés. A la noche te prenden las luces y todo.

-¿Qué hacías en Argentina, a qué te dedicabas y por qué te fuiste a EEUU?

En Argentina trabajé tres años manejando los camiones de Coca Cola, después seguí con ese rubro en Coto, por otros tres años, y bueno, hice varias cosas más. Laburé en un almacén, hice de todo. Vos viste como es la vida del argentino, uno trabaja de lo que puede. Durante casi cuatro años tuve un restaurant a cuatro cuadras de la cancha de Boca con mi mamá, en Montes de Oca y Necochea. Cuando falleció mi viejo mi mamá me dio dos opciones: o trabajás o vas al colegio. No había otra opción. Yo para la escuela siempre fui medio vago, así que le dije a mi mamá que quería ir a trabajar. Hasta laburé vendiendo hielo seco yendo a Ezeiza. Y mientras tanto seguía jugando al básquet. En ese tiempo creo que estaba en Almirante Brown, ahí viví mis mejores años como jugador.

Me vine en febrero del 2007 porque lamentablemente en diciembre del año anterior falleció mi mamá. Ya estaba estresado de Argentina, no quería saber más nada. Había sufrido por mis padres y por el trabajo. Te la pasas laburando y nunca tenés nada. Salís a la calle y tenés que ver que no te roben. Esas cosas cansan. Me decidí, cerré el negocio y me vine acá a probar con un bolsito de ropa, el pasaje de vuelta y 125 dólares en el bolsillo. Así llegué a Los Ángeles. Nunca había salido del país, con eso te digo todo. Lo más lejos que había ido era al interior por los encuentros de minibásquet cuando era chico. Estuve en Tucumán, Rosario, Santa Fe, Córdoba, pero nunca había dejado el país. Ni siquiera había subido a un avión antes de eso. No sabía nada de inglés, a lo sumo los números, los colores y nada más.

-Y cuando llegaste, ¿qué hiciste?

-Tenía un conocido de Ramos Mejía que hace rato estaba viviendo acá. Paré en su casa por dos semanas hasta que más o menos me ubiqué de cómo iba a ser la movida. Acababa de llegar a un país totalmente diferente, con otra lengua y otra cultura. No te voy a mentir: los primeros cinco o seis años costó mucho. Lloraba casi todas las noches. Pero al mismo tiempo tenía en la cabeza que si había llegado hasta ahí era porque quería hacer algo en la vida. A la semana ya estaba buscando trabajo y de lo que me llamaran yo agarraba. Hice mudanzas, laburé lavando platos, lo que sea. No me daba vergüenza. Tenía amigos que me decían ‘ah, te fuiste a EEUU a lavar platos’. ¿Y cuál es el problema? Es un trabajo. Además tenés que ganarte el derecho de piso, seas quién seas. Nadie te regala nada. Conseguí entrar a un restaurant argentino, iba de lunes a viernes en bicicleta y desde la mañana hasta la noche. Estuve así por un año. También me había metido al colegio a aprender inglés, que acá es gratis. Si sos extranjero podés ir los sábados a la mañana o los miércoles a la noche. Pagás un dólar y tenés a un americano que te enseña el idioma por todo el trimestre. Fui tres meses a aprender lo que es el idioma básico. Después conseguí a la mañana meterme en el rubro de construcción, mediante un chico argentino. Era su ayudante de cinco y media de la mañana hasta las tres de la tarde. Cuando volvía a su casa agarraba la bici y me iba al gimnasio, que acá todos tienen canchas de básquet. Me quedaba hasta las diez de la noche y me bañaba ahí. Pasaba por ahí a comerme una hamburguesita y me iba a casa a dormir. Eso era los días de semana, el finde iba al restaurant argentino. Así fue al principio.

Desde que llegué nunca paré de laburar excepto durante tres meses del gobierno de George Bush, ahí por 2008, que fue un desastre. De un día para el otro, la gasolina pasó de un dólar cincuenta a cinco. No tenía plata para pagar el alquiler y estuve dos semanas durmiendo en la camioneta. Me bañaba en el gimnasio, comía donde podía y dormía en la camioneta. Ahí realmente me pregunté qué estaba haciendo con mi vida, teniendo mi casa en mi país mientras elegía vivir así. No sabía qué hacer, así que cerré los ojos y no bajé los brazos. Donde veía un restaurant o algo de construcción preguntaba si necesitaban gente. Me acuerdo que uno me dijo que sí, que vaya al día siguiente a sacar la basura de una obra y fui. Me pagaron el día y me fui contento. Irse a otro país, con otra cultura, y totalmente solo es muy duro. Pero los argentinos estamos hechos a prueba de balas.

-Tremendo. Al final, ¿llegaron las buenas?

-Sí, hay muchas buenas. Viajé, conocí mucha gente, conseguí un buen trabajo, comencé a trabajar para una compañía de construcción y desde hace cuatro años que lo hago por mi cuenta. Hago remodelación de baños y cocinas. Acá el americano se cansa y remodela su casa cada tres meses. Además el baño o la cocina te puede subir el valor de tu casa, por eso le dan mucha importancia.

-Claro, allá eso se mueve mucho. ¿Y cuándo empezó eso de seguir a los argentinos que van para allá?

- Cuando empecé a trabajar con este chico argentino, como su empleado, fuimos a laburar a la casa de un comediante norteamericano, moreno. No me acuerdo el nombre y tampoco lo conocía, pero me decían que era famoso, y por la casa que estaba construyendo te dabas cuenta que no era una persona común. El tipo se me ponía a hablar y yo no le entendía nada. Mi jefe me traducía. Me preguntó una vez de dónde era y le dije que soy argentino. Ahí nomás me tiró ‘Ginóbili, Ginóbili’. A todo el que yo le decía que soy argentino me nombraba a Manu. Después me preguntó si había ido a ver la NBA. Imaginate, gracias a dios yo tenía algo para comer y este creía que iba a gastar 200 dólares en una entrada. Todos los viernes este comediante venía y dejaba los cheques a los encargados para pagarnos. A mi jefe le dio dos sobres, uno con el pago y otro que era específicamente para mí. No entendía nada. Cuando lo abrí había dos tickets para ver Clippers-Blazers en el Staples Center, atrás del banco de Portland.

-¿En qué año fue eso? ¿Te acordás quiénes estaban?


-Y, habrá sido 2009. En los Clippers estaba Lamar Odom y en los Blazers LaMarcus Aldridge. Estaba tan emocionado que los veía a los jugadores y para mí eran todos iguales. Me dio una desesperación tremenda entrar al Staples Center. Lo más cerca que había estado de la NBA era mirando el programa que daban los domingos a la medianoche que conducía Adrián Paenza. Cuando entré ahí me temblaban las piernas. No entendía ni dónde estaba parado.

-¿Cuándo se dio el primer contacto con un argentino?

-Unos meses después ya pude ahorrar algo de plata como para darme algún lujo. Ese año fui a ver a San Antonio al Staples Center contra los Clippers. Me acuerdo que todavía estaba Oberto. Las entradas acá son carísimas, pero me metí en una página y no sé cómo encontré entradas a tres filas del banco de los Spurs por 82 dólares. Lo tengo guardado al ticket. Me acuerdo que escuchaba como Popovich le gritaba a todos, aunque no entendía nada. Ahí fue que conocí a Ginóbili. Yo estaba con una camiseta de Boca, porque es la que me había llevado de Argentina y no tenía plata para comprarme otra. Le grité, se dio vuelta y me dijo ‘¡eh, loco! ¿De dónde sos?’. Le dije que era de Ramos Mejía y que vivía ahí desde hace poco.

-Ah, toda la onda con Manu. ¿Y los tatuajes?

-Sí, el chabón es muy buena onda con todos, pero cuando ve una bandera de Argentina o algo del país es como que le tira. Te trata un poco diferente por ser argentino. Esa vez me saqué una foto con él y le dije que me iba a hacer un tatuaje suyo. ‘Dejate de joder, estás loco’, me respondió. Ahí fue que me tatué el brazo izquierdo con su apellido y el 20 con la bandera argentina. En 2010 volví a ir y se lo mostré. Se acordaba de mí y todo. ‘Uh nene vos sí que estás loco de la cabeza’, me tiró. Me pidió que se lo mandé por Twitter y me arrobó. Puso algo como ‘un amigo, el loco de california, se tatuó mi nombre. ¡Que locura este pibe!’. Esa cuenta la perdí y nunca la pude recuperar.

-Pero en el otro brazo tenés su firma también. ¿Te la hizo él?

- Sí. En 2011 conseguí otro ticket barato para San Antonio contra Clippers. Ni bien lo vi le dije ‘¡Eh Manu!’, ahí nomás se dio vuelta y se acercó a mí. Se acordaba. Aproveché para pedirle un favor, que me firmara el otro brazo. ‘No nene, ¿vos estás enfermo? Ya tenés un tatuaje mío’. Le pedí por favor y nada. Seguimos hablando como por tres o cuatro minutos hasta que lo convencí. Le estiré el brazo por la baranda y me dijo ‘no, si lo hacemos, lo hacemos bien’. Me hizo bajar a la cancha, le dijo al de seguridad que estaba con él. Ahí estaba yo, parado en el piso del Staples Center con Manu firmándome el brazo.

-¿No tenías miedo de que se te borre?

-Obvio, ni bien me firmó puse el brazo arriba para que nada me toque. Parecía un preso. No quería ni que me toque el cuerpo, mirá si se borraba. Cuando llegué a casa me envolví el brazo con papel film para poder dormir y al día siguiente temprano estaba en la casa de tatuajes. Le dije a mi jefe que tenía que pagar algo y que iba a llegar tarde, o algo así. Me lo hice al toque y tal cual me firmó él, arriba del marcador. Tiene el 0 del 20 medio movido, pero es tal cual me lo hizo.

-¿Manu lo pudo ver?

-Sí, al siguiente año cuando lo vi se lo mostré. Me volvió a decir que estoy loco. ‘¿Para cuando el tatuaje de tu señora?’, me preguntó. Claro, había ido con ella también. Se mataba de risa Manu.

-Decías que también viajaste a verlo. ¿A dónde y cuándo?

-Fuimos a Sacramento y los vimos en el hotel en 2017. Me firmó la biografía que sacó Olé y nos sacamos una foto. Hacía mucho frío y llovía, y nosotros los esperamos en el lobby. El tema es que la NBA les prohíbe sacarse fotos o firmar algo en el hotel. De ahí tenemos fotos con Pau Gasol, Ettore Messina y algunos más que salieron. Re buena onda, Messina hasta nos hablaba en español. Con Manu hablamos un buen rato, mi mujer le preguntó por los mellis, que los había tenido hace poco, y él contestaba a todo muy bien. Hablamos de cosas de la vida. Hasta nos encontramos con Kawhi Leonard, yo le pregunté cómo estaba de la lesión. Caminaba con nosotros y respondía a todo, re humilde.

-¿Y a qué otros argentinos pudiste seguir? ¿Ya tenías un presupuesto por año para gastar en entradas, o cómo hacías?

Yo no tengo vicio de nada. Ni alcohol ni cigarrillo. Mi vicio es ver deportes y me doy ese lujo. Manu era el gran embajador argentino, pero también lo vi a Scola en Houston. A él lo fui a ver contra los Clippers me acuerdo. A Prigioni cuando vino con los Knicks también. Siempre que venían iba sin dudarlo. Ahora cuando vengan Campazzo, Vildoza, Deck o Bolmaro voy a ir también. A Luca me lo encontré en el hotel ahora que fui a Las Vegas y le dije que si va con los Knicks me espere ahí, que voy a estar seguro.

-¿Sólo básquet o pudiste ver a otros atletas argentinos?

Fui a ver un partido de Argentina en fútbol contra El Salvador, un amistoso que ganaron 4-0. Pero era un equipo todo alternativo, me acuerdo que estaba Fabián Monzón, que jugaba en Boca. Después fui a ver Argentina-Guatemala, ahí me encontré al Huesito Galletti. Siempre tuve ganas de ir a ver boxeo. Al Chino Maidana con Mayweather no lo fui a ver porque se sabía que estaba arreglada, más allá de que era caro. El Chino no ganaba ni en pedo y acá lo sabíamos todos. Sí me arrepiento de no haber ido a alguna pelea de Maravilla Martínez. También quise ir a la Copa América que se hizo acá en 2016. Pasó que la cancha que tenía más cerca para ir estaba a hora y media en auto y en ese momento estaba en la compañía de construcción y no me podía escapar. Ahora me arrepiento de no haber ido igual.

-Viviendo ahí en Los Ángeles, ¿te encontraste a algún famoso?

-Sí, a muchos. A DeAndre Jordan me lo encontré en la playa y le pregunté si iba a firmar con los Spurs, ese verano en que casi lo hace y creo que termina en Dallas. Se reía el tipo. También conocí a Charlie Sheen trabajando para la compañía. Le fuimos a hacer la casa al padre. El chabón venía todos los viernes y nos traía café. ‘Buenos días, ¿quieren café?’, nos decía en español. Y eso que tenía una casa de andá a saber cuántos millones ahí en Malibú. Nos ofrecía el café y se iba al estudio. Otro que conocí es al que actuó en La Mosca y Jurassic Park, Jeff Goldblum. También nos saludaba todas las mañanas y se iba. William Atherton, que hizo de reportero en Duro de Matar, vive a diez minutos de mi casa. Muy buen tipo. Ahí en Malibú le hicimos la casa al hermano del dueño de la revista Playboy, Hugh Hefner, que le imprimía las revistas al viejo. 45 millones de dólares costó la mansión que se construyó. Como la compañía trabajaba con muchos famosos, tenían una política de que no te dejaban sacarte fotos con ninguno de ellos. Obvio que si te saludaban vos podías devolver el saludo.

-Dijiste que hiciste sólo tres meses de inglés. ¿Cómo fue que aprendiste?

Mirando películas con subtítulos en inglés, leyendo revistas. Aunque donde más aprendí fue en el gimnasio, esa fue mi gran escuela. Aprendí mucho, pero no del inglés bien hablado. Cuando empecé a ir al gimnasio yo llegaba con la mochilita y la pelota de básquet abajo del brazo. La gente me preguntaba si quería jugar y se me ponía a hablar en inglés. Yo les respondía ‘sorry, no english’. Claro, me preguntaban de dónde era. A penas decía que era argentino, lo de siempre. ‘¡Ginóbili!’. Encima en 2010 fue el boom de Manu. Acá en Los Ángeles casi nadie sabe mi nombre. Cuando voy al trabajo saben cómo me llamo, pero en el gimnasio todos me dicen Ginóbili. Y hace 14 años que voy al mismo. Ahí, jugando al básquet, me hice muchos amigos y aprendí un inglés de la calle, a lo bruto, pero eso me abrió las puertas. Hoy en día voy por la calle con mi señora y me gritan ¡Ginóbili! Ya ni se sorprende mi señora, se caga de risa.

-¿Cómo la conociste a tu señora?

-Ella es nacida y criada en Los Ángeles pero con padres argentinos. La conocí acá en una fiesta de argentinos, por una casa que habíamos construido. Ella acababa de llegar de Rosario, de donde es su familia, ahí por 2008. Lo increíble es que la casa que terminamos estaba en frente de la de Will Smith. Hicimos todo lo que sería la parte de durlock de la casa con el pibe argentino para el que trabajaba. Will Smith se sentaba en su balcón a desayunar todas las mañanas y nos saludaba. Muy macanudo. Nosotros lo veíamos como si fuera dios, imagínate. Cuando terminamos el trabajo nos invitaron a la fiesta de inauguración, que es algo muy normal acá. El encargado de la obra era argentino, y como el dueño no estaba nos invitó a todos nosotros que éramos argentinos. Ahí nos conocimos. Es muy gracioso, porque yo fui de bermuda de básquet, camiseta de Argentina y pantuflas. Claro, estaba en el gimnasio cuando me avisaron de la fiesta. Me bañé y fui. Llegué y todos me miraban. ‘¿Y este cachivache quién es?’, le preguntó mi novia a uno de ahí. Le explicaron que yo acababa de llegar de Argentina, pero le dijeron que era buen pibe. Yo intenté hablarle, pero ni bola me dio. Como un año más tarde nos volvimos a encontrar en otra fiesta y ahí me respondió un poco más. Me dio el teléfono para mantenernos en contacto. Un tiempo más tarde me invitó a pasar el 4 de julio a la playa, y yo que me prendía en todas ni lo dudé. Ahí empezamos a hablar y a salir como amigos. Un día fuimos a Las Vegas a pasar año nuevo y ahí le pedí que sea mi novia. Desde entonces vivimos juntos. Ella es mi compañera de básquet, la que me aguanta las locuras cuando veo a un jugador. Le encanta el asado, toma mate conmigo y de vez en cuando vamos juntos Argentina. Siempre que va quiere ir a Rosario, le encanta. Es fanática de Rosario. Sacando lo deportivo, hemos viajado a muchos lugares.

-¿Al viaje que te mandaste hace unos días a Las Vegas también te acompañó?

-Sí, fue ella la que me sacó las fotos. Es la que me tranquiliza. Yo cuando veo a un atleta argentino se me apaga la luz, no lo puedo evitar. Mirá que lo pienso pero no lo puedo controlar. Sea quien sea. Ahora hablé con todos, charlé bastante con Lauti Berra, que es un pibe re bueno de Obras, muy humilde.

-Sos uno de los pocos privilegiados que pudo estar con los jugadores de la Selección antes de Tokio. ¿Cómo llegaste hasta ahí y cómo te recibieron?

-Fue así. Le escribí al Toro Acuña, que es amigo mío. Nos hicimos amigos cuando vino la Selección a Las Vegas en 2016. Le pregunté si sabía dónde iban a parar esta vez, a ver si sabía y me podía dar una mano. Me averiguó que podía ser en el MGM Grand y yo me mandé. Hice las cinco horas de viaje sin pensarlo dos veces. Cuando llegué vi un micro que decía Estados Unidos y atrás otro que decía Argentina. Ahí me empezaron a temblar las piernas. Me acerqué para sacarle una foto al cartel y ahí lo vi al Gringo Pelussi con Piccato. Más atrás estaba el Taya Gallizzi y Marcelo López, el preparador físico. Se me apagó la luz. Levanté la bandera que tenía y dije '¡Vamos Argentina carajo!' y me largué a llorar. Pero mal. Se me acercó Pelussi a abrazarme y preguntarme si estaba bien. Me ofreció una entrada pero yo ya tenía. Le expliqué que venía manejando desde Los Angeles para verlos. El Gringo me tranquilizó mientras Marcelo López me miraba y se reía. Al otro día lo vi en el hotel y hablé con él, de todo un poco. Le conté mi historia y no me creía todo lo que había hecho. Fue otra de las tantas locuras. Todo el plantel me trató muy bien. Al Oveja Hernández le comenté que nos habíamos visto en 2016, y él se acordaba que había sido en la Universidad de Las Vegas. Me firmó la foto que tenía con él y me escribió 'gracias por el aguante, Gustavo'. Fue muchísimo. Para mí el Oveja es nuestro Popovich.

-¿Qué partidos viste?

Fui a ver con Australia y Nigeria, se supone que después de eso me volvía porque tenía que trabajar. Pero me puse a pensar que al otro día jugaban con EEUU y dije 'ya fue, me quedo'. Y sí, ¿cuándo se me va a volver a presentar esta oportunidad? Le llamé a la cliente y le dije la verdad. Que estaba en Las Vegas, había ido a ver a la Selección Argentina, y que lunes y martes no iba a ir a trabajar. Le pedí que no me putee, aunque si se enojaba la iba a entender. 'Vos sí que estás loco, ¿no? Tranquilo, no pasa nada', me contestó. Listo. Siempre es mejor ir de frente con estas cosas. Es mejor decir que estás loco que mentir. Me habré quedado media hora más después del partido con EEUU y me volví. Alcancé a despedirme de todos y le dije a Marcelo que le iba a escribir al Instagram para mantenernos en contacto. Al otro día quedé en ir a trabajar y no iba a faltar.

-Pará, a todo esto, dijiste que te hiciste amigo del Toro Acuña. ¿Qué onda? ¿Cómo fue eso?

-Sí, tenemos muy buena relación. En su momento, ahí por 2016, le escribí por Instagram, me presenté y le pedí si podía decirme dónde iban a parar en Las Vegas para ir a visitarlos y sacarme una foto. Me respondió al toque, me dijo dónde estaban y cuándo podía ir a verlos. Ahí nomas me fui manejando hasta el hotel que era el Cosmopolitan, creo. Cuando llegué le mandé un mensaje y a los cinco minutos bajó y nos pusimos a hablar de la vida. Hasta lo invité a comer. Después de eso no nos vimos nunca más, pero ahí empezamos una amistad muy linda.

-Que locura, y que lindo crear esas amistades. ¿Y a Manu lo viste en esa concentración? Porque ya te conocía. Ahí tenías a casi toda la Generación Dorada junta.

-Sí. Manu bajó con una gorrita con el Chapu Nocioni, medio que no quería que lo jodan. Yo igual lo llamé, se dio vuelta y me dijo ‘¿qué hacés acá, loco?’. Se me acercó y nos pusimos a hablar. Le conté que fui para verlos. Ahí nomás me agarró el brazo derecho y se lo mostró al Chapu. ‘Mirá lo que se hizo el enfermo este’. Yo no lo podía creer. ‘Eso es ser fanático, vos sí que estás enfermo’, me dijo el Chapu. Ahí me saqué una foto con los dos juntos y los dejé tranquilos, no los quería joder más, viste. Nunca le pedí nada a nadie, lo único que quiero es una foto o una firma, o intercambiar algunas palabras. Pero no me interesa manguearles camisetas ni nada.

-¿Osea que todo lo que tenés, que mostraste en los videos, lo conseguiste vos solo?

-Sí, obvio. Yo nunca le manguee a nadie. Algunas de esas camisetas son caras y me costó conseguirlas, pero lo hice. Debo tener más de 200 camisetas. Tengo viejas, nuevas, firmadas, de todo. Es más, tengo camisetas de Boca firmadas por todo el plantel cuando estaba Bianchi en el club. Me han ofrecido hasta siete mil dólares, pero no se venden. A mí la plata me va y me viene. Es necesaria para vivir, pero lo que me llena es viajar, conocer deportistas argentinos. Ver una camiseta de Argentina, no importa el apellido que tenga en la espalda, no tiene precio.

-¿Qué sentís cada vez que escuchas el himno estando allá?

-Me pongo a llorar. Es automático. Se me llenan los ojos de lágrimas y se me pone la piel de pollo. Escuchas tu himno en otro país y te lo respetan. No sabés el orgullo que es. No tengo palabras para describirlo. ¿Sabés lo que fue en la despedida de Manu en San Antonio, que pasen el himno completo de Argentina, que todo el estadio lo respete y lo aplaudan?

-¿Osea que estuviste en la despedida también? ¿Cómo lo viviste?

-Después de la muerte de mis padres, fue la vez que más lloré en mi vida. Fue algo increíble. Lloré, grité, lo viví como nunca. Fue una fiesta tan grande que afuera de las tribunas, en lo que son los pasillos del estadio, habían todas cosas de Ginóbili. En un lado estaba lo que representaba al primer título que ganó en San Antonio, más adelante lo del segundo anillo, hasta tenían una sección para la medalla de oro en Atenas. Era de toda su vida el homenaje. Yo iba caminando por ahí y me encontró el que hace la voz del estadio, que estaba grabando para mostrar en la tele lo que pasaba ahí. El que estaba con la cámara le señaló el brazo mío y me llamaron para ver el tatuaje. Cuando vieron lo que tenía me dijeron de grabarme para salir en la pantalla del estadio. Y salí en el entretiempo, en un video especial que armaron. Cuando aparecí ahí y la gente me vio, todos gritaban y aplaudían. Me largué a llorar como un nene, no daba más de la emoción. Venía gente a sacarse fotos conmigo. Me sentía como una estrella. Son cosas que no te olvidas más, aunque no tenga fotos.

-¿Tenés algún sueño pendiente? No sé si pudiste ir a un Juego Olímpico

-Mirá, por culpa de un ex compañero mío de Almirante Brown no fui a Río 2016. Vendí una camioneta para ahorrar. Incluso me saqué el pasaje para ir a Argentina y de ahí a Brasil. Me dijo que él conseguía los tickets, que íbamos seguro. Nunca más me llamó, pero él sí fue. Ese día lloré, pero de bronca. Era el último torneo de Manu con la Selección y de un montón de jugadores más. Además nunca lo vi a Manu jugando con la camiseta de Argentina. Ahora para Tokio ya había abierto una cuenta en el banco para meter ahorros. Y si no llegaba me daba igual, si tenía que embargarme lo hacía. Yo quería ir a ver a Argentina en los Juegos Olímpicos. Ahora con el tema de la pandemia me llevé otra gran decepción.
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