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El perfil del Che: lo que aprendió en cada lugar para su mayor desafío

Miércoles, 15 de Septiembre de 2021 / Publicado en El Alma Argentina, Entrevistas, Especiales, Selección Mayor
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Conocé la historia de este trotamundos, desde aquella primera carta para conseguir trabajo en Pto Rico. Las frases que lo describen y los aprendizajes en cada uno de los 30 equipos y 4 selecciones que dirigió.

“¿Realmente crees que puedo hacerlo bien allá? ¿No soy demasiado joven para ser tu asistente en Puerto Rico? Estoy dispuesto a dejarlo todo. Mis días son estudiar abogacía, trabajar en Tribunales, entrenar en divisiones inferiores del club y estar con mi novia. Pero soy valiente: estoy dispuesto a apostarlo todo por seguirte, por seguir este sueño”. Eran los primeros días de 1988 y Néstor Rafael García tenía 23 años recién cumplidos cuando le escribió esta carta, de puño y letra, a Julio Toro, por ese entonces ya una eminencia en la dirección técnica boricua. Su padre lo había conocido cuando este ex veterano de guerra (Toro estuvo en Vietnam) dirigió a Olimpo de Bahía Blanca, el club de los García, a comienzos de los 80 y un día, al ver la pasión de su hijo por la dirección técnica, papá Carlos lo aconsejó. “Escribile a Julio, para que sepa y sacate las dudas”.

Así, con cartas manuscritas que tardaban un mes en llegar hasta la hermosa isla boricua y que todavía conserva la madre de Néstor en Bahía, empezó la increíble carrera de este bahiense que ahora tendrá su momento soñado. Luego de un rotundo éxito dirigiendo a otras selecciones, como la de Venezuela –ganó dos Sudamericanos y el recordado Preolímpico 2015, con dos triunfos sobre Argentina en finales, incluyendo la de México-, Uruguay o República Dominicana –lo clasificó al Mundial 2019 y luego lo llevó a la segunda ronda-, con 30 equipos dirigidos, en nueve países, desde aquella primera experiencia en Estudiantes de Bahía Blanca, siendo cuarto y subcampeón de la Liga Nacional en sus primeras dos temporadas. A los 56, alcanza su máxima ilusión: dirigir de forma permanente al seleccionado de su país, del que estuvo muchas veces lejos pero al cual ama profundamente. Ya fue campeón del Sudamericano 2012, con Facu Campazzo y Nico Laprovittola como pichones y un imparable Leo Gutiérrez (MVP), cuando Julio Lamas lo designó para hacerse cargo del fogueo posterior al triunfo en el Preolímpico 2011 que le dio la clasificación para los Juegos Olímpicos de Londres.

Pero, claro, todo arrancó hace 33 años, aquel 3 de marzo del 88, cuando García le respondió a la shockeante oferta que Julio Toro le hacía desde Puerto Rico, también con un papel de puño y letra. “Con tu carta siento que fue mi padre el que se dio cuenta que amo ser entrenador. No nos da ni para sacar el pasaje, pero papá ha cumplido su promesa y vendió su auto para que yo pueda ir. Acepto. Voy para allá. Me lanzo. Renuncio a todo por este sueño. Por aprender básquet, por convertirlo en mi vida. Voy hacia allá dispuesto a entregarme, sin dejarme nada dentro”. Las frases todavía emocionan. Reflejan la convicción y pasión que aún conviven en el Che. Así lo apodaron (fue el hijo de Flor Meléndez, otro entrenador mítico) en Puerto Rico, porque allí “un poco a todos los argentinos nos consideran el Che Guevara”, explicó. Y así, con 23 años, empezó su camino, primero en equipos y luego incluso acompañó a Toro al seleccionado boricua. “Julio es mi consejero, mi amigo, mi segundo padre… Todo para mí”, describió el bahiense, quien aprendió bajo el influjo de aquel sabio coach boricua.

El Che fue siempre precoz en lo suyo. En su segundo año en Puerto Rico le pasó algo insólito: su equipo contrató a uno de los entrenadores NBA que llegaban a la isla durante el receso estadounidense, Paul Westhead, campeón con los Lakers de Magic Johnson. Pero como el coach pidió una semana para sumarse, a García le tocó dirigir unos partidos. Con 25 años y menos edad que muchos de los jugadores, algunos consagrados, como Ramón Rivas. El equipo ganó el primer partido, al puntero y de visitante. Ganó otro, y otro y otro. Al quinto, el dueño le informó que Westhead ya no vendría... “Fue mi gran oportunidad, a veces pienso que lo decidió Dios”, recuerdó. Pocos meses después, en 1990, tuvo un llamado que no pudo resistir: de la Argentina, más precisamente de su ciudad... Y así pegó la vuelta para revolucionar el juego de la Liga Nacional, primero con Estudiantes de Bahía Blanca (90-92) y luego al frente de Peñarol de MdP (92-97, campeón en 1994). También dirigió a Boca (97-99) siendo, a los 32 años, el primer técnico en alcanzar tres finales con tres equipos diferentes. En esa época ya era un personaje cautivante, distinto a todos. Tanto que, cuando supo que dejaría Estudiantes, se apareció en el negocio del principal directivo de Peñarol, con un recorte de diario que tenía las posiciones históricas de la Liga, donde Atenas figuraba en lo más alto y Peñarol estaba bien abajo. “¿Vos querés estar arriba? Entonces contratame a mí”, le dijo, sin dudar de las formas.

Luego de recibirse de ídolo en Mar del Plata, una voz interior le indicó que un ciclo estaba cumplido en el país, que era la hora de emprender un periplo que, con el tiempo, sería mundial. Cada tanto volvió (a Boca, Libertad y Argentino de Junín, por ejemplo), pero su espíritu viajero, la búsqueda de desafíos y nuevos lugares pudieron más. “De a poco empecé a sentirme un nómade y desde siempre estuve con la valija preparada para partir”, admitió. Puerto Rico, Venezuela, Uruguay, México, Brasil, España y hasta Arabia Saudita. Ocho países distintos contando Argentina. Siempre dejando su huella. Un aventurero que siempre supo adaptarse a nuevas culturas, entenderlas y cautivar con un carisma único. “Néstor es un seductor”, aseguran muchos que han sido dirigidos por él. Siempre fue capaz de crear vínculos muy estrechos con jugadores y la gente que rodea a los planteles. Por eso ha sido amado en cada uno de los lugares que frecuentó.

Lo más curioso le pasó en Arabia, cuando dirigió Al-Ahli en 2004. “Allí descubrí otro mundo. Al quinto día, en el entrenamiento, los jugadores sacaron la alfombra y se pusieron a rezar en dirección a la Meca. Lo primero que pensé es que lo hacían para que me fuera, porque los estaba matando en los entrenamientos. Pero luego volvió a pasar en un partido. Ganábamos por 8 a dos minutos para el final y, en un instante, todo se paró porque era el momento del rezo. Se fueron los equipos y hasta el público... Para mí significó un choque cultural, pero lo entendí y acepté. Y eso me dio una lección que no olvidaré”, recordó. La lección llegó cuando García sufrió un grave accidente con una moto de agua. El Che se rompió la primera lumbar y por milímetros no se cortó la espina dorsal. “Cuando desperté en la cama del hospital escuchaba murmullos. Eran los hinchas, estaban todos rezando en la habitación, en los pasillos… Pero eso no quedó ahí. En mi recuperación me bañaban, me daban de comer… Me convertí en su familia”, contó, emocionado.

El Che ha sido un trotamundos y considera que en cada país, en cada equipo, en cada grupo humano, aprendió cosas que pretende utilizar en esta nueva responsabilidad, la más importante de su carrera, según admitió. “Aprendí algo que las cosas no dependen solo de uno. En Arabia, por caso, dicen mucho ‘inshallah’, que significa ‘si dios quiere’. Hay cosas que pasan. Uno puede planificar, pero todo pasa ‘si dios quiere’. Yo planifique una jugaba perfecta, iba a salir, el jugador se patinó y no salió nada. Ahí me dijeron esa frase. Más allá del concepto religioso, aprendí que hay muchas cosas que no dependen de uno. Por más que lo programes y lo practiques. Arabia fue adaptarme mentalmente a una cultura diferente. Había días que iban diez jugadores a las prácticas, otros tres o cuatro. A la semana me quería ir y me dijeron ‘adaptate’. Entrenaba por sectores y grupos. Era un turno corto. Algunos estudiaban, otros trabajaban, otros eran hijos de príncipes. Eran muy diferentes, algunos venían en colectivo y otros en (autos) Rolls Royce. Tuve que suspender prácticas por rezos o por ser tiempos de Ramadán, cuando no comían de día, así que entrenábamos a la medianoche. Ahí aprendí que en el mundo hay que adaptarse. Hoy pasa lo mismo, con la pandemia, y una serie de cosas que han modifico radicalmente la vida. Y este tipo de experiencias me permiten adaptarme a lo que se va modificando”, aseguró en la transmisión oficial de CAB.

Algo muy similar le sucedió en España, cuando desembarcó en la segunda liga más importante del mundo después de la NBA, en 2017. En un equipo chico, aunque con historia, como el Fuenlabrada. Y en la ACB sorprendió a todos, siendo protagonista con este equipo, ganándoles a los poderosos y metiéndose en la Copa del Rey. Allí, cuando lo consultaron de la clave de la gran temporada, dio una pista de lo que es su estilo. “Tengo jugadores de 11 nacionalidades diferentes. Hay que meterse dentro de ellos, preguntarles cómo están, saber de sus familias y necesidades. Antes que jugadores, son personas”, contó. Así es su relación, estrecha, emotiva, casi de amistad, aunque cuando hay que poner los límites, lo hace. Un técnico jugadorista, aunque sin perder de vista que los DT deben tomar decisiones difíciles. Lo hace por convencimiento, con fundamentos, no de forma dictatorial. Después de tanto años, de tantas situaciones vividas, está claro que la experiencia, más en su caso, es un grado. “Cuando salí campeón con Peñarol, me sentía el rey y todos me elogiaban, pero en ese momento era un burro. Ahora me doy cuenta. Siento que soy mucho mejor entrenador, más preparado”, reconoció en el Twitch del martes.

Más allá de los hechos en clubes, con títulos en cuatro países distintos –nacionales e internacionales, llegando a 15 finales –ganando 9- y 11 de ellas con 11 equipos distintos, su impacto más grande llegó con los cuatro seleccionados que dirigió. Arrancó con el de Uruguay, siendo el primer DT extranjero que se hizo cargo de la selección celeste. Tuvo su impacto, generando un recambio generacional y logrando un par de grandes resultados. Así fue luego, con su impronta, se hizo cargo de cuatro más, siendo el DT que más selecciones ha dirigido (hay que sumar la Argentina, en torneos puntuales, como el Sudamericano 2012). Nada se compara igual con lo que vivió y les hizo vivir a los venezolanos, a los que les hizo festejar dos Sudamericanos (2014 y 2016) y, lo más importante, el Preolímpico 2015, tras vencer a Canadá con sus NBA en semifinales y a la Argentina en la final. “Fue todo un desafío para mí, porque enfrente a siete jugadores ya había tenido. Lo sentí como una presión porque soy argentina pero todo Venezuela estaba esperando ese partido. Tuve que hablar con mi terapeuta para enfrentar ese momento”, comentó, sin pudores. Y, justamente, dos de esas tres finales, se las ganó a su patria. “Ni en los sueños hubiese imaginado tres títulos”, admitió públicamente. De forma privada, en otra carta a su mentor Julio Toro, le hizo otra confesión. “Venezuela me cambió la carrera, me cambió la vida”, le reconoció el Che, quien -casi como ritual y cábala- cada tanto le ha seguido escribiendo al veterano DT desde cada lugar del mundo.

Lo más difícil cuando se toma un equipo de otro país es cómo cambiar costumbres, rutinas, tradiciones, estilos y características que llevan décadas instaladas, sobre todo cuando uno cree que es esencial para poder ganar a nivel internacional. “A Venezuela llegué planteando cosas diferentes para crecer. Necesitábamos competir contra los mejores para entender cómo se juega a ese nivel. La meta fue aprender a explotar el talento venezolano, compensando los déficits de altura y técnica. Siempre me gustó su juego alegre, rápido, pero para correr hay que defender muchísimo, tener compromiso atrás y cambiar la mentalidad para sumar desde lo colectivo porque nada ni nadie es más importante que el equipo”. Ha sido como un mandamiento de este bahiense de 56 años.

Ahora tiene su idea sobre cómo buscará potenciar virtudes y disimular debilidades en la Selección nacional. “Al básquet puede jugarse de muchas maneras pero uno debe adaptarse a lo que tiene y hacer que cada jugador esté cómodo en su rol. En el caso de Argentina, hablo de hacer un básquet mental porque entiendo tenemos jugador que interpretan todo y ahí estará la fortaleza, en leer y ajustar. Los argentinos hemos logrado mucho sin ser una raza de básquet y debemos seguir en esa línea, jugando con nuestras armas, sabiendo que nos faltan centímetros, potencia y otras cosas, comparados con la elite del básquet mundial”, analizó.

Cuando aterrizó en España, hizo una gran campaña en Fuenlabrada. Lo reconocían y en el club, lo amaban. Pero, lejos de quedarse en la comodidad, no renovó y acudió al llamado de Dominicana. Y aceptó. “¿Por qué? Un poco me guié por sensaciones. Siempre me interesaron las formas para convencer y entrar en la cabeza de distintos jugadores de diferentes nacionalidades. Por eso tomé el nuevo desafío. Así soy yo”, explicó. La nueva era una prueba aún más difícil, sobre todo cuando los NBA dominicanos (Al Horford, Karl Anthony-Towns y Angel Delgado) decidieron bajarse de este Mundial. Le quedaron un conjunto de jugadores “normales” a los cuales, con apenas cuatro meses de preparación. Y el Che les sacó el jugo. “Es un orgullo que ellos crean en lo que uno propone y que sepan que uno está en todos los detalles para que ellos sean mejores”, contó quien consiguió que el seleccionado llegara a la segunda fase por primera vez en su historia.

Luego llegó lo de San Lorenzo, su último paso por el país: ganó un Súper 20 pero, otra vez, sintió que había que volar. Venezuela y Puerto Rico fueron sus últimas paradas. Ahora, hace días, tenía la chance de dirigir a una importante universidad estadounidense, cuando se le presentó la chance que había soñado toda la vida.
“Vamos a trabajar mucho y encarar una gestión de puertas abiertas. No tengo prejuicios ni agenda con nadie. Quiero convocar a todos, a escuchar, a dialogar, de debatir, a componer, a sumar… Lo necesita el básquet argentino. Me voy a rodear de los mejores para intentar mantener a nuestro país en la elite”, adelantó.

La tiene clara, Néstor. Un entrenador de elite, una persona cautivante que hace unos años definió cómo se siente dentro y fuera de la cancha. “Me di cuenta que en mí conviven Néstor y el Che. En cancha soy pasional y temperamental. Afuera, nada me pone nervioso. Una vez comprobé que tenía las mismas pulsaciones tras una siesta que un minuto antes de empezar uno. Con la pelota al aire, soy otro, me transformo. Esta profesión es una montaña rusa de emociones que es imposible de entender sin pasión. Me entrego porque lo siento, soy de entregarme a la gente que me contrata, aunque la relación solo dure meses. En la cancha no tengo nada que ver con lo que soy en mi vida. Tengo sensaciones que sólo me da un juego y el día que no las tenga, no dirigiré más”, explicó en otra de esas míticas cartas que hasta hace poco siguió escribiendo. Esas sensaciones que volvieron a aparecer con el llamado de la dirigencia de nuestro básquet. En este caso potenciadas, por es su Selección, la de su país, la que enfrentó, a la que le ganó, a la ya dirigió algunos partidos… Todos momentos que potenciaron sus ganas.

El trayecto ya lo hizo, desde aquella primera carta a Julio Toro. Ya desandó el camino, ya se consagró, le falta hacerlo con su patria. “Este es el nombramiento más importante de mi carrera. Y mi mayor responsabilidad”, reconoció. Que sea con suerte, Néstor. La tuya será la de todo el básquet argentino.


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